Referentes Clásicos

En este blog se publican los trabajos de los alumnos que cursan la asignatura Referentes clásicos de las manifestaciones culturales modernas en el IES Misteri d'Elx durante el curso 2014-15

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lunes, 16 de mayo de 2016

EL CORTEJO DE DIONISO, poema de Constantino Cavafis

Damon, el artista (otro más diestro
no hay en el Peloponeso), en mármol
de Paros está elaborando el cortejo
de Dionisio. El dios en gloria excelsa
adelante, con ímpetu en su paso.
Desenfreno detrás. Al lado de Desenfreno
la Embriaguez escancia a los Sátiros el vino
de una ánfora coronada de hiedras.
Cerca de ellos Vino Dulce el indolente,
los ojos semicerrados, dormilón.
Y más abajo vienen los cantadores
Melodía y Dulce Canto, y Festejo que nunca
deja apagarse la venerable antorcha
de la procesión que él sostiene; y la Ceremonia, muy digna.-
Esto está haciendo Damon. Y junto a ello
su pensamiento de cuando en cuando considera
la recompensa del rey de Siracusa,
tres talentos, mucha cantidad.
Con sus otros dineros y con éste
cuando ingresen, como persona acomodada ricamente va a vivir
y podrá entrar a la política -¡qué alegría!-,
también él en la asamblea, también él en el ágora.

Constantino Cavafis

domingo, 15 de mayo de 2016

Las bacantes en éxtasis dionisiaco

"¿No es acaso la cordura otra forma de locura?"

Se conoce que cuando llegaban las fiestas en honor a Dioniso, las mujeres se escapaban al monte y bailaban, cantaban y entraban en una especie de estado de incosciencia colectiva. Estas, sumidas en dicho trance, llegaban incluso a descuartizar animales o personas. Unos dicen que se volvían locas, otros que eran poseídas por el dios y unos pocos que encontraban la liberación. Este estado recibe el nombre de 'éxtasis dionisiaco', pues es un momento en que el alma se sale del cuerpo, en que las personas se salen de sí mismas.

Espero que disfutéis este vídeo que he creado con la intención de captar el éxtasis dionisiaco, la inhibición mediante el consumo de alcohol, estupefacientes o mediante el placer carnal. También he querido reflejar ese punto de locura que nos recuerda al lado más oscuro de Dioniso (numerosas historias sobre descuartizaciones). Además, las protagonistas de este vídeo son todas mujeres, en honor y representación de las bacantes. Por último, puntualizar que la música no ha sido escogida al azar, pues estudios confirman que la música electrónica es la más probable a llevarnos a un estado de éxtasis.

Por si alguno de los lectores está interesado: estos fragmentos han sido extraídos y recopilados de las series de televisión Skins y The Vampire Diaries, de la película Sucker Punch y del videoclip Stay High - Tove Lo.


Sin nada más que decir, os dejo con mi visión de Las bacantes en éxtasis dionisiaco:

https://youtu.be/kbaVOLSZjEs

Tiempos de inocencia

Si entre los mortales ha habido alguna vez deidades cuya historia es tan conocida como la de uno mismo, esos han sido los dioses de la Grecia antigua. Conocemos de ellos sus nacimientos, sus aventuras y sus deslices amorosos, a veces su juventud pero, en muy pocos casos conocemos su infancia.

Para poneros un ejemplo, podemos hablar de Dioniso. El dios del vino y las bacanales es famoso en cada rincón del planeta por su afición al licor y su séquito de ménades y sátiros. Conocemos su nacimiento (los dos que tuvo) y también sus hazañas de juventud. Pero, ¿qué hay de su infancia? Sólo que el dios mensajero Hermes fue el encargado de su crianza ha llegado hasta nuestros días acerca de los años más dulces del dios. Pero hay mucho más en aquel tiempo de inocencia.

Hemos querido recuperar, para todos aquellos que tengan curiosidad por conocer algo más de la vida del dios, algo que los libros de mitología no han recogido a lo largo de los siglos, un pequeño relato sobre cómo el exótico dios llegó a manos del que sería su cuidador hasta la juventud; Hermes.


«El bebé miró de forma distraída a Zeus y acto seguido sus ojos se fijaron en Hermes, el cual observaba con cierto recelo como el dios del rayo fruncía el ceño.
Por lo que Hermes sabía, el dios y dioses tenía todavía muy presente la ausencia de Sémele y seguramente podría apreciar rasgos de la joven en el niño. ¿Cuántos meses habían pasado desde que la muchacha había sido carbonizada por el fulgor divino? Más de siete, de eso estaba convencido. ¿Nueve? Era lo más probable. Tenía entendido que los embriones humanos necesitaban ese tiempo para desarrollarse por completo y formar así una pequeña y completa criatura.
Bajó la mirada hacia el pequeño que, en brazos de su padre, sujetaba la túnica de Zeus con sus pequeñas manitas.

En sus robustos brazos Zeus llevaba a un recién nacido de piel pálida, ojos claros y escaso cabello que brillaban bajo la luz de Helios con el color del bronce. Seguramente acabaría luciendo unos hermosos rizos castaños, iguales que los de su fallecida madre. El bebé tiró un poco más de la túnica del dios y soltó una breve pero aguda risa, que provocó una sonrisa ladeada por parte de su progenitor.

—Te encargo a mi hijo, Hermes. —La grave voz de Zeus le sacó de sus pensamientos. El dios del rayo ya no sonreía y el mensajero se preguntó cuánto tiempo había estado observando embelesado al pequeño. Alzó la mirada y asintió con rapidez, esperando más órdenes por su parte—. Deberás buscarle un lugar seguro para que pueda crecer sin problemas.

— ¿Vuestra esposa lo sabe? —Aquella pregunta escapó de su garganta antes de que pudiera detenerla. Para su alivio, la gran represalia que había esperado nunca apareció y la única consecuencia de su descaro fue que el ceño fruncido de Zeus se acentuara un poco más.

— Yo me encargo de Hera, tú tienes mayor problema.

— ¿Tenéis alguna sugerencia?

Zeus se llevó una mano a la espesa barba grisácea, mesándola con suavidad. Tras unos minutos de silencio, contestó con convicción.

— El monte Nisa me parece un buen lugar; las híades siempre han sido muy serviciales y… discretas.
— Allí será llevado sano y salvo.
— Más te vale.

Sin añadir palabra alguna o dar a Hermes alguna explicación para su decisión, Zeus se dio la vuelta y susurró algo al bebé, que había quedado dormido durante la conversación que habían mantenido ambas deidades. Agudizando todo lo posible su oído, el dios de los ladrones captó unas breves palabras del discurso del dios.

— ...tienes los ojos de tu madre...

Hermes apretó los labios. Tal vez Sémele significaba más de lo que imaginaba para Zeus. Pero no tuvo oportunidad de divagar mucho más sobre el tema. El dios del rayo se dio la vuelta y le entregó con delicadeza a la criatura antes de que él pudiese perderse demasiado en sus pensamientos. Por la dura expresión de Zeus imaginó que aquella breve conversación con el pequeño había sido una despedida. Hermes suspiró. Ya se sabía, las despedidas nunca han sido sencillas ni indoloras. Ni siquiera para un dios.

Sin querer permanecer allí durante más tiempo, Hermes se puso en marcha con la rapidez que sus sandalias le daban, perdiéndose de vista entre las nubes».

viernes, 13 de mayo de 2016

Ariadna abandonada en Naxos


En la ilustración realizada por Erato se puede apreciar a Ariadna de espaldas, la cual acaba de ser abandonada por Teseo.
Como indica el mito, en breve se encontrará con Dioniso.

(...) Era el momento en que la cristalina escarcha comienza a salpicar la tierra, y las aves a quejarse, ocultas entre el follaje. Aún no despierta del todo, amodorrada por el sueño, moví mis manos, incorporándome, para abrazar a Teseo. 


No había nadie. 

Retiro mis manos y por segunda vez palpo y muevo los brazos por el lecho. No había nadie. Los temores sacudieron el sueño; aterrorizada me levanto, y mis miembros se lanzaron fuera del lecho solitario. Enseguida resonó mi pecho al golpe de las palmas y, según me encontraba, despeinada por haber estado durmiendo, me arranqué los cabellos. Había luna. Miro por si puedo ver algo que no sea la playa, pero mis ojos no tienen nada que mirar que no sea la playa. Unas veces hacia aquí, otras hacia allí y hacia ambos lados corro sin orden, y la espesa arena refrena mis pies de muchacha. 

Mientras tanto, cuando gritaba por toda la playa: “¡Teseo!”, los huecos roquedales me devolvían tu nombre, y cuantas veces yo te llamaba, te llamaba otras tanta el lugar mismo; el mismo lugar quería prestar ayuda a la desgraciada. Había un monte; se divisan en lo alto unos pocos matorrales; desde ahí cuelga un escollo, roído por las sonoras aguas. Lo escalo. El coraje me daba fuerzas. Y así puedo medir con la mirada la alta mar en toda su extensión. Desde allí -pues también los vientos fueron crueles conmigo- contemplé los lienzos tensos por el arrebatado Noto. O los vi, o tal vez fue que creí haberlos visto. 

Me quedé más fría que el hielo y apenas viva. Pero el dolor no me deja languidecer por más tiempo. Me siento excitada por él, me siento excitada y llamo a Teseo con la fuerza de mi voz. “¿Adónde te escapas? —grito—. ¡Vuelve, criminal Teseo! ¡Da vuelta a tu nave! ¡No tiene completa su tripulación!” Eso dije. Lo que faltaba a mi voz lo completaba con gemidos. Los golpes que me daba se mezclaban con mis palabras. Para que al menos pudieras verme, si es que no me oías, mis manos agitándose te hicieron señales desde lejos. Y puse una tela blanca en una larga vara para avisar de ese modo a quienes se habían olvidado de mí. Pero ya te habías arrancado a mis ojos. 

Entonces, por fin, lloré, pues antes el dolor había paralizado mis ojos delicados. ¿Qué mejor podían hacer mis ojos sino llorar por mí, después que habían dejado de ver tus velas? Y deambulaba sola con los cabellos sueltos, como una Bacante impulsada por el dios ogigio, o bien me sentaba, yerta, sobre una piedra, mirando al mar, y era yo tan piedra como la piedra misma sobre la que me sentaba. Una y otra vez vuelvo al lecho que nos había acogido a los dos, pero que no iba a mostrarnos nunca acogidos en él, y en vez de tocarte a ti, toco lo único que puedo, tus huellas y el colchón que tus miembros habían calentado. Me tumbo y sobre el lecho, que chorreaba de las lágrimas que yo había vertido, exclamo: “¡Dos estuvimos encima de ti, haz que volvamos los dos! Vinimos aquí juntos, ¿por qué no nos vamos juntos de aquí? ¡Lecho traidor!, ¿dónde está la mayor parte de mí?”. (...)
(Carta X. Ariadna a Teseo, Heroidas, Ovidio).

domingo, 8 de mayo de 2016

Poema

DESALENTADA ÁGAVE

¡Oh, necio e ingenuo Penteo!
Engañado por Baco al Citerón le seguiste,
desconocedor de sus crueles designios.
¡Maldita la hora en la que lo hiciste!

Atroz represalia por nuestros pecados.
Despedazado acabaste entre las bacantes.
Dioniso vengarse ha logrado.
Si su culto no hubiésemos impedido.

¿Por qué caíste en su trampa, querido hijo?
Mis manos quedan teñidas de tu sangre.
Insufrible aflicción que en mis entrañas siento.
¡Oh, Hades, te lo imploro, devuélmelo!

(Gregorio Lazzarini, «La muerte de Penteo»)

Dioniso



A ti, de alegres vides coronado,
Baco, gran padre, domador de Oriente,
he de cantar; a ti que blandamente
tiemplas la fuerza del mayor cuidado

Ora castigues a Licurgo airado
o a Penteo en tus aras insolente,
ora te mire la festiva gente
en sus convites dulce y regalado,

O ya de tu Ariadna al alto asiento
subas ufano la inmortal corona,
ven fácil, ven humano al canto mío;

Que si no desmerezco el sacro aliento
mi voz penetrará la opuesta zona,
y el Tibre envidiará al hispalio río.


© Juan Ariguijo.

Corona Borealis

“Era de noche y una resplandeciente luna llena iluminaba el agua del mar, tenía el rostro húmedo por las salpicaduras del agua, se encontraba contemplando a la luna pensando en aquello que había dejado atrás: su madre, su hermana… libre, al fin era libre, ya no tendría que estar encerrada entre los muros de palacio, no, nunca más, viajaría alrededor del mundo como ella siempre había deseado. “Ariadna” escuchó en un leve susurro, y la persona que la llamaba se acercó y le rodeó con los brazos. “Prométeme que nunca me dejaras sola” le dijo ella, “nunca” respondió él. Y ella ingenua le creyó, el amor era lo que le cegaba, nunca había conocido aquella sensación pero aquel viajero le hacía sentir tan viva, tan libre…

Por la mañana conforme se levantó salió a cubierta para contemplar el azulado color del mar. “Teseo, ¿cuánto falta?” le preguntó a su amado. “Poco, ya queda poco” respondió con una leve sonrisa”. Tras un agotador día de viaje llegaron a la isla, “Descansaremos aquí esta noche mientras reparan el barco” dijo Teseo, así que ambos buscaron un suelo liso en el que no hubiese rocas para poder pasar la noche. Fue al abrir los ojos cuando se dio cuenta, estaba sola, pensó en que tal vez había ido a dar un paseo pero tras recorrer la isla vio que ya no estaban ni Teseo ni la embarcación; pensó en que quizás la habían olvidado pero fue entonces cuando cayó en que no volverían a por ella. Se encontraba completamente sola en una isla de la que no sabía cómo salir. Encerrada de nuevo pero en un gran masa de tierra, en lugar del palacio. ¡Ingenua! ¡Pobre Ariadna! ¿Cómo se le había ocurrido creer que podía confiar en un hombre al que apenas conocía? ¿Qué sería de ella ahora? Ante tal impotencia no pudo hacer más que romper a llorar desesperadamente. 

Mientras tanto la diosa más hermosa, Afrodita, que desde el Olimpo veía su desconsuelo y su amargo clamor, se compadeció del infortunio Ariadna y partió hacia Naxos donde enjugó lágrimas de la princesa tiernamente. “Este llanto y esta tristeza cesarán porque tendrás un esposo inmortal” le dijo con un dulce tono, pues la diosa ya sabía que Dionisio se dirigía hacia las playas de la isla, y estaba dispuesta a que él se enamorara de Ariadna.

Pronto el dios desembarcó en Naxos, y por la influencia de la gran diosa de la belleza en cuanto vio a Ariadna quedó completa y locamente enamorado de ella. Pero, lo mismo sucedió con la joven princesa, que al ver las rosadas mejillas del dios y su blanca piel quedó prendada de él. Y entre las primeras palabras que le dirigió el dios, expresó su deseo de desposarse con ella. La princesa rebosante de felicidad al ver que la promesa de la diosa Afrodita había cumplido y al ver una oportunidad para rehacer su vida y no volver a estar sola accedió. “Toma” dijo él mientras le entregaba un lujoso regalo de bodas, era una corona de oro incrustada de piedras preciosas, “una corona hermosa para una dama hermosa” dijo y seguidamente le besó en la mejilla cual joven enamorado.

Tras unos preciosos y felices años de matrimonio en los que ambos estaban perdidamente enamorados, tras haber tenido unos hijos maravillosos, sus vidas se truncarían porque la princesa Ariadna envejecía, y ambos sabían que moriría. “Dioniso, voy a morir, debes aceptarlo” decía ella aunque él no lo aceptaba. Por lo que Dioniso empeñado en mantener viva de algún modo a su amada esposa, lanzó su corona hacía el cielo y sus brillantes piedras se convirtieron en estrellas, formando así una constelación que llegó a ser conocida como Corona borealis. Y allí quedó Ariadna, fijada  para toda la eternidad en lo alto del firmamento a modo de demostración del inmenso amor de Dioniso hacia la bella princesa cretense.”

–¿Qué? ¿Os ha gustado la historia? -decía Dioniso.

–¡Sí! –respondían Enopión y Pepareto al mismo tiempo.
–La echo de menos. -dijo Estásfilo y después soltó un leve suspiro.
–Cuéntanos más historias. -dijo Toante.
–Mejor, otro día que ya es tarde y es hora de descansar. -Respondió el padre. ­­ 

sábado, 7 de mayo de 2016

Dibujo de "Ariadna en la pantera" (© Κυνόσουρα)


Ariadna en la pantera

Grandiosa Ariadna, que derramas tu llanto
por las playas, al ver huir en lejanía,
blanca en la luz solar, la vela de Teseo...
oh dulce virgen niña que una noche ha tronchado,
¡calla!... En su carro de oro orlado de uvas negras,
por los campos de Frigia, Lisios pasa.
 
(Arthur Rimbaud)