"Todo lo que podemos decidir es qué haremos con el tiempo que nos dieron"
De El Señor de los Anillos, J.R.R. Tolkien.

En un principio fue la Nada, y de ella surgió el Tiempo. Al despertar, Tiempo sólo vio oscuridad, habitaba en su madre, que era negra como ella solo puede serlo. No es nada pero a la vez es todo, ya que todo lo que ahora es, algún día no será nada. La cuestión es que Tiempo fue creciendo y madurando, si es que el tiempo puede crecer o madurar.
Un buen día, Tiempo vio cómo de su madre surgían formas. Pensaba que la obra era sólo de ella, no sabía que sin él no podían desarrollarse. Al principio Nada hizo una gran mole de sustancias juntas y compactas, de forma esférica. De esa gran mole salieron otras sustancias más blandas, únicas y diferentes entre ellas. Eran figuras humanoides, bellas figuras inmóviles. Todo estaba en silencio, las formas estaban quietas, Tiempo aun no había extendido su influencia totalmente. Entonces Nada le dijo a su hijo:
-Tiempo, tú fuiste el primero en nacer porque tu misión es muy importante. He hecho aparecer esa materia y esos seres en parte gracias a tí, porque tú eres el que tiene el poder, a partir de ahora, de controlarlo todo, pero deberás estar en ese lugar siempre para que ellos puedan moverse, progresar y, al final, volver a mí.
Tiempo, curioso y emocionado por la misión que le había encomendado su madre, fue al lugar y vio que de repente todos los entes quietos se movían desde el instante en que se extendió su efecto. Observó que así eran más bellos todavía. Su paso por ese lugar hizo que los seres progresaran, cambiaran, evolucionaran, se mezclaran entre ellos y que después desaparecieran.
Al principio se sintió satisfecho. Esa primera civilización avanzó pronto gracias a él. Pero poco a poco su entusiasmo fue decayendo. Se sentía solo y agotado. Nadie lo veía, aunque sí lo notaban. Algunos lo odiaban por arrebatarles a sus seres más queridos, no sabían que él se limitaba a cumplir con su cometido. Otros lo querían y pensaban que cada momento que les daba era maravilloso.
En nuestras medidas temporales se podría decir que pasaron años, décadas, siglos y milenios. En la medida de Tiempo sólo se puede decir que su vida fue pasando. El Primer lugar se desarrolló al máximo. Tiempo se aburría, ahora todo era igual y la belleza del sitio y las gentes había decaído. Las criaturas habían olvidado su origen y, cada vez más, intentaban eludir a Tiempo. La bondad que en los inicios había estado tan presente aparecía ahora deformada, ya no era tan pura.
Entonces ocurrió algo inesperado que cambió el rumbo de los acontecimientos en el Primer lugar. Los nativos intentaron expulsar a Tiempo de sus vidas para no envejecer y así no volver a la Nada, su creadora. Estaban tan desarrollados que habían inventado un sistema de detección y destrucción de entes inmateriales, y atraparon a Tiempo. Al principio éste sintió que las fuerzas le rehuían. Lentamente fueron acabando con él, el instinto de supervivencia los empujaban a hacerlo desaparecer. Pero olvidaban que el ente, si tenía esencia y existencia, también tenía ese instinto. Tampoco sabían que si él desaparecía ellos no volverían a moverse jamás. Sacando fuerzas de flaqueza Tiempo llamó desesperado a su madre para que lo salvase de su propia creación. Nada corrió alertada por la angustia de su hijo. Cuando las gentes del Primer lugar comprendieron lo que sucedía fue demasiado tarde para ellos.
Nada irrumpió en el Primer lugar y lo destrozó todo. Éste explotó y se expandió, los pedazos eran restos mezclados de Tiempo y de los primeros habitantes. Los fragmentos viajaron y viajaron y tomaron formas esféricas. Cada fracción del primer universo formó los planetas, estrellas y demás cuerpos del segundo. Cada habitante se convirtió en la vida de esos nuevos sitios. Como Tiempo estalló con ellos, una parte de él quedó en cada nuevo lugar. De ahí que el Tiempo esté en todos lados a la vez y que sea inexorable. Sólo nos queda aceptarlo en nuestra vida pues es él quien nos la da y es él quien nos la quita y si se intenta detenerlo la catástrofe que generará este acto no será pequeña. Su madre volverá, no lo dudéis ni un instante, y lo perderemos todo.
Ártemis