Referentes Clásicos

En este blog se publican los trabajos de los alumnos que cursan la asignatura Referentes clásicos de las manifestaciones culturales modernas en el IES Misteri d'Elx durante el curso 2014-15

domingo, 22 de mayo de 2016

Lo dionisíaco y lo apolíneo en el arte

Rimbaud consagró vida y obra a convertirse en el poeta definitivo, superior a la vida misma, a transformarse en definitiva en un dioniso de la poética. Como dijo Baudelaire la misión de su obra era “hacer el mal y sobre todo, ser consciente de ello”. De igual forma Rimbaud se sostiene en el Mal (en mayúscula, como potencia absoluta) para trascender en la vida virando hacia el lado salvaje, el dionisíaco, el “supranatural” del que hablaba el poeta que según él era “mi único Dios”. Y para esta causa se transforma de forma racional en un ser maldito y bohemio, mano derecha del demonio, el verdadero instructor del arte.
En este aspecto la esencia se basa en la fijación de vértigo. Con esto se refiere al título “Iluminaciones” y en realidad alude al rito dionisiaco y al culmen de la tragedia greiga cuando el espectador llegaba al éxtasis o al “vértigo”; al punto trascendente de la vida, el momento exacto en el que se pasa de la razón al estado dionisiaco de la naturaleza: el surrealismo,; una realidad superior en la que se muestra todo en el fondo de su existencia tal cual es (inspirado por Baudelaire y Swedenborg (autor de las correspondencias) en Platón).
Es en ese instante cuando se crea el símbolo, la imagen universal e imperecedera, cuando se llega por fin, como los chamanes, a la iluminación y se convierte en vidente. Como explica Nietzsche el proceso para alcanzarlo es la locura, la música, las  drogas, la embriaguez caer en una actitud salvaje, como la que profesaba Rimbaud pero jamás se intenta reprimir porque se podría convierte en una condena existencial (la náusea de la que hablan Camus o Sartre).
Como ejemplificaba el alemán en el comienzo de “El nacimiento de la tragedia” con el cuadro “La transfiguración” de Rafael, el éxtasis, ese vértigo rimbaudiano, es el poder dionisiaco; sin embargo, la aparición de la imagen revelada, de la iluminación en forma figurativa es puramente apolíneo; y Rimabud habla de “fijar”, por tanto, se refiere a plasmar esa aparición mística en un poema, que solo puede ser mediante la alquimia de un nuevo verbo de forma consciente e intelectual en realidad.

En conclusión, Rimabud, como el poeta supremo, como el superhombre, como hizo Baudelaire, se afirma tanto en lo dionisiaco como en lo apolíneo. 

martes, 17 de mayo de 2016

Carta de Ariadna a Dioniso


Carta de Ariadna dedicada a Dioniso

En mi mar de lágrimas estaba destrozada y abandonada
por voluntad de Teseo, hijo de Egeo.
Tras caer en su olvido él recibió un castigo
la negra muerte de su padre en el mar
que él creó a raíz de una promesa incumplida.

La arena del tiempo fue pasando junto a mi desesperación.
 Un día un joven conocí.
 Decía ser hijo de Zeus y no de Egeo
en mí nació la decepción , pero la arena seguía
pasando por mi vida y ese muchacho que era amante del vino y
de las mejores existecias se enamoró de mi ser.
Esto no lo esperaba pero así fue.

Me pidió matrimonio y en nuestras bodas una
corona me regaló ya que se la pidió a Vulcano
el mejor artesano del Olímpo.

La arena sigue cayendo mi piel se tranforma
y se desforma. El paso de la arena en mí
Deja huella.
Tú estás tan fresco y hermoso como el primer día
y yo caducifolia como si hubiera llegado el otoño
Antes llevaba el pelo suelto y ahora me hago un moño.
mi fin se acerca y te quiero decir
con pasión y decisión
Adiós.

lunes, 16 de mayo de 2016

EL CORTEJO DE DIONISO, poema de Constantino Cavafis

Damon, el artista (otro más diestro
no hay en el Peloponeso), en mármol
de Paros está elaborando el cortejo
de Dionisio. El dios en gloria excelsa
adelante, con ímpetu en su paso.
Desenfreno detrás. Al lado de Desenfreno
la Embriaguez escancia a los Sátiros el vino
de una ánfora coronada de hiedras.
Cerca de ellos Vino Dulce el indolente,
los ojos semicerrados, dormilón.
Y más abajo vienen los cantadores
Melodía y Dulce Canto, y Festejo que nunca
deja apagarse la venerable antorcha
de la procesión que él sostiene; y la Ceremonia, muy digna.-
Esto está haciendo Damon. Y junto a ello
su pensamiento de cuando en cuando considera
la recompensa del rey de Siracusa,
tres talentos, mucha cantidad.
Con sus otros dineros y con éste
cuando ingresen, como persona acomodada ricamente va a vivir
y podrá entrar a la política -¡qué alegría!-,
también él en la asamblea, también él en el ágora.

Constantino Cavafis

Él, un futuro Dioniso


Él era en apariencia un chico tranquilo, iba y venía rutinariamente de sus quehaceres como la escuela, el deporte y ese tipo de cosas. Con sus amigos no descataba por ser el alma de la fiesta, y en la escuela incluso se habían llegado a reír de él -ya se sabe, en la escuela…- A pesar de ello, no era mal chico. De quien era amigo, lo era hasta la medula, con una sonrisa sincera y entregada. No obstante, no eran muchos los que gozaban de esta amistad, solo aquellos “elegidos” que eran tan puros como él.

A Él, hacían daño constantemente, pero no tenía valor para hacer frente a sus miedos, a esas personas que se creían por encima de otros y de él, pero nunca perdió esa tímida y sincera sonrisa que siempre le acompañaba.

Sin duda, la vida se le presentaba difícil, aunque siempre decía que le gustaban los retos, de hecho, a veces estos le superaban, pero era orgulloso consigo mismo, aprendió a serlo, le enseñaron a serlo, una gran persona.

Hablemos de Ella, ella cuando entró en su vida le instruyó, le dio el don de la libertad, la expresión alocada y sinsentido que era propia de otros a los que él admiró. Le dio el don de la locura para liberarle de las cadenas que él mismo se había impuesto. Su gris se tornaba color a la par que su expresión se convertía en una mueca de verdadera felicidad y no simple bondad como hasta el momento. Desde ese momento, se introdujo en él el gusto por la danza, pero no la armónica, una danza según la cual casi pareciere que se apoderaba de su cuerpo un ente superior. Además, Ella, le instruyó en los brebajes, que potenciaban el efecto de la música en él.

Se había convertido en un pequeño Dioniso. Y entonces llegó la ella especial.

domingo, 15 de mayo de 2016

Las bacantes en éxtasis dionisiaco

"¿No es acaso la cordura otra forma de locura?"

Se conoce que cuando llegaban las fiestas en honor a Dioniso, las mujeres se escapaban al monte y bailaban, cantaban y entraban en una especie de estado de incosciencia colectiva. Estas, sumidas en dicho trance, llegaban incluso a descuartizar animales o personas. Unos dicen que se volvían locas, otros que eran poseídas por el dios y unos pocos que encontraban la liberación. Este estado recibe el nombre de 'éxtasis dionisiaco', pues es un momento en que el alma se sale del cuerpo, en que las personas se salen de sí mismas.

Espero que disfutéis este vídeo que he creado con la intención de captar el éxtasis dionisiaco, la inhibición mediante el consumo de alcohol, estupefacientes o mediante el placer carnal. También he querido reflejar ese punto de locura que nos recuerda al lado más oscuro de Dioniso (numerosas historias sobre descuartizaciones). Además, las protagonistas de este vídeo son todas mujeres, en honor y representación de las bacantes. Por último, puntualizar que la música no ha sido escogida al azar, pues estudios confirman que la música electrónica es la más probable a llevarnos a un estado de éxtasis.

Por si alguno de los lectores está interesado: estos fragmentos han sido extraídos y recopilados de las series de televisión Skins y The Vampire Diaries, de la película Sucker Punch y del videoclip Stay High - Tove Lo.


Sin nada más que decir, os dejo con mi visión de Las bacantes en éxtasis dionisiaco:

https://youtu.be/kbaVOLSZjEs

Tiempos de inocencia

Si entre los mortales ha habido alguna vez deidades cuya historia es tan conocida como la de uno mismo, esos han sido los dioses de la Grecia antigua. Conocemos de ellos sus nacimientos, sus aventuras y sus deslices amorosos, a veces su juventud pero, en muy pocos casos conocemos su infancia.

Para poneros un ejemplo, podemos hablar de Dioniso. El dios del vino y las bacanales es famoso en cada rincón del planeta por su afición al licor y su séquito de ménades y sátiros. Conocemos su nacimiento (los dos que tuvo) y también sus hazañas de juventud. Pero, ¿qué hay de su infancia? Sólo que el dios mensajero Hermes fue el encargado de su crianza ha llegado hasta nuestros días acerca de los años más dulces del dios. Pero hay mucho más en aquel tiempo de inocencia.

Hemos querido recuperar, para todos aquellos que tengan curiosidad por conocer algo más de la vida del dios, algo que los libros de mitología no han recogido a lo largo de los siglos, un pequeño relato sobre cómo el exótico dios llegó a manos del que sería su cuidador hasta la juventud; Hermes.


«El bebé miró de forma distraída a Zeus y acto seguido sus ojos se fijaron en Hermes, el cual observaba con cierto recelo como el dios del rayo fruncía el ceño.
Por lo que Hermes sabía, el dios y dioses tenía todavía muy presente la ausencia de Sémele y seguramente podría apreciar rasgos de la joven en el niño. ¿Cuántos meses habían pasado desde que la muchacha había sido carbonizada por el fulgor divino? Más de siete, de eso estaba convencido. ¿Nueve? Era lo más probable. Tenía entendido que los embriones humanos necesitaban ese tiempo para desarrollarse por completo y formar así una pequeña y completa criatura.
Bajó la mirada hacia el pequeño que, en brazos de su padre, sujetaba la túnica de Zeus con sus pequeñas manitas.

En sus robustos brazos Zeus llevaba a un recién nacido de piel pálida, ojos claros y escaso cabello que brillaban bajo la luz de Helios con el color del bronce. Seguramente acabaría luciendo unos hermosos rizos castaños, iguales que los de su fallecida madre. El bebé tiró un poco más de la túnica del dios y soltó una breve pero aguda risa, que provocó una sonrisa ladeada por parte de su progenitor.

—Te encargo a mi hijo, Hermes. —La grave voz de Zeus le sacó de sus pensamientos. El dios del rayo ya no sonreía y el mensajero se preguntó cuánto tiempo había estado observando embelesado al pequeño. Alzó la mirada y asintió con rapidez, esperando más órdenes por su parte—. Deberás buscarle un lugar seguro para que pueda crecer sin problemas.

— ¿Vuestra esposa lo sabe? —Aquella pregunta escapó de su garganta antes de que pudiera detenerla. Para su alivio, la gran represalia que había esperado nunca apareció y la única consecuencia de su descaro fue que el ceño fruncido de Zeus se acentuara un poco más.

— Yo me encargo de Hera, tú tienes mayor problema.

— ¿Tenéis alguna sugerencia?

Zeus se llevó una mano a la espesa barba grisácea, mesándola con suavidad. Tras unos minutos de silencio, contestó con convicción.

— El monte Nisa me parece un buen lugar; las híades siempre han sido muy serviciales y… discretas.
— Allí será llevado sano y salvo.
— Más te vale.

Sin añadir palabra alguna o dar a Hermes alguna explicación para su decisión, Zeus se dio la vuelta y susurró algo al bebé, que había quedado dormido durante la conversación que habían mantenido ambas deidades. Agudizando todo lo posible su oído, el dios de los ladrones captó unas breves palabras del discurso del dios.

— ...tienes los ojos de tu madre...

Hermes apretó los labios. Tal vez Sémele significaba más de lo que imaginaba para Zeus. Pero no tuvo oportunidad de divagar mucho más sobre el tema. El dios del rayo se dio la vuelta y le entregó con delicadeza a la criatura antes de que él pudiese perderse demasiado en sus pensamientos. Por la dura expresión de Zeus imaginó que aquella breve conversación con el pequeño había sido una despedida. Hermes suspiró. Ya se sabía, las despedidas nunca han sido sencillas ni indoloras. Ni siquiera para un dios.

Sin querer permanecer allí durante más tiempo, Hermes se puso en marcha con la rapidez que sus sandalias le daban, perdiéndose de vista entre las nubes».

Dioniso


No es extranjero, feo tu cuerpo, agradarás
a las mujeres, que ello te hizo venir a Tebas.
Esos tus largos bucles* no son de un luchador,
pero inspiran deseo la mejilla enmarcando;
y tu piel blanca cuidas y a la sombra mantienes,
de los rayos solares resguardada, en tu intento
de captar a Afrodita con esa tu belleza.

(Las Bacantes de Eurípides)


*El dibujo fue realizado independientemente de la descripción que hace Penteo sobre Dioniso. La ilustración es la versión que se imagina la autora del mismo.

sábado, 14 de mayo de 2016

Διώνυσος


viernes, 13 de mayo de 2016

Tributo al poeta dionisiaco

Arthur Rimbaud de perfil, con el ceño fruncido.

Ma bohème

Je m'en allais, les poings dans mes poches crevées;
Mon paletot aussi devenait idéal;
J'allais sous le ciel, Muse, et j'étais ton féal;
Oh! lá lá! que d'amours splendides j'ai rêvées!

Mon unique culotte avait un large trou.
Petit-Poucet rêveur, j'égrenais dans ma course
Des rimes. Mon auberge était à la Grande-Ourse.
Mes étoiles au ciel avaient un doux frou-frou.

Et je les écoutais, assis au bord des routes,
Ces bons soirs de septembre où je sentais des gouttes
De rosée à mon front, comme un vin de vigueur;

Où, rimant au milieu des ombres fantastiques,
Comme des lyres, je tirais les élastiques
De mes souliers blessés, un pied près de mon coeur!


Mi bohemia

Me iba, con los puños en mi bolsillos rotos...
mi chaleco también se volvía ideal,
andando, al cielo raso, ¡Musa, te era tan fiel!
¡cuántos grandes amores, ay ay ay, me he soñado!

Mi único pantalón era un enorme siete.
—Pulgarcito que sueña, desgranaba a mi paso
rimas. Y mi posada era la Osa Mayor.
—Mis estrellas temblaban con un dulce frufrú.

Y yo las escuchaba, al borde del camino
cuando caen las tardes de septiembre, sintiendo
el rocío en mi frente, como un vino de vida.

Y rimando, perdido por las sombras fantásticas, 
tensaba los cordones, como si fueran liras,
de mis zapatos rotos, junto a mi corazón.

(Arthur Rimbaud)

Ariadna abandonada en Naxos


En la ilustración realizada por Erato se puede apreciar a Ariadna de espaldas, la cual acaba de ser abandonada por Teseo.
Como indica el mito, en breve se encontrará con Dioniso.

(...) Era el momento en que la cristalina escarcha comienza a salpicar la tierra, y las aves a quejarse, ocultas entre el follaje. Aún no despierta del todo, amodorrada por el sueño, moví mis manos, incorporándome, para abrazar a Teseo. 


No había nadie. 

Retiro mis manos y por segunda vez palpo y muevo los brazos por el lecho. No había nadie. Los temores sacudieron el sueño; aterrorizada me levanto, y mis miembros se lanzaron fuera del lecho solitario. Enseguida resonó mi pecho al golpe de las palmas y, según me encontraba, despeinada por haber estado durmiendo, me arranqué los cabellos. Había luna. Miro por si puedo ver algo que no sea la playa, pero mis ojos no tienen nada que mirar que no sea la playa. Unas veces hacia aquí, otras hacia allí y hacia ambos lados corro sin orden, y la espesa arena refrena mis pies de muchacha. 

Mientras tanto, cuando gritaba por toda la playa: “¡Teseo!”, los huecos roquedales me devolvían tu nombre, y cuantas veces yo te llamaba, te llamaba otras tanta el lugar mismo; el mismo lugar quería prestar ayuda a la desgraciada. Había un monte; se divisan en lo alto unos pocos matorrales; desde ahí cuelga un escollo, roído por las sonoras aguas. Lo escalo. El coraje me daba fuerzas. Y así puedo medir con la mirada la alta mar en toda su extensión. Desde allí -pues también los vientos fueron crueles conmigo- contemplé los lienzos tensos por el arrebatado Noto. O los vi, o tal vez fue que creí haberlos visto. 

Me quedé más fría que el hielo y apenas viva. Pero el dolor no me deja languidecer por más tiempo. Me siento excitada por él, me siento excitada y llamo a Teseo con la fuerza de mi voz. “¿Adónde te escapas? —grito—. ¡Vuelve, criminal Teseo! ¡Da vuelta a tu nave! ¡No tiene completa su tripulación!” Eso dije. Lo que faltaba a mi voz lo completaba con gemidos. Los golpes que me daba se mezclaban con mis palabras. Para que al menos pudieras verme, si es que no me oías, mis manos agitándose te hicieron señales desde lejos. Y puse una tela blanca en una larga vara para avisar de ese modo a quienes se habían olvidado de mí. Pero ya te habías arrancado a mis ojos. 

Entonces, por fin, lloré, pues antes el dolor había paralizado mis ojos delicados. ¿Qué mejor podían hacer mis ojos sino llorar por mí, después que habían dejado de ver tus velas? Y deambulaba sola con los cabellos sueltos, como una Bacante impulsada por el dios ogigio, o bien me sentaba, yerta, sobre una piedra, mirando al mar, y era yo tan piedra como la piedra misma sobre la que me sentaba. Una y otra vez vuelvo al lecho que nos había acogido a los dos, pero que no iba a mostrarnos nunca acogidos en él, y en vez de tocarte a ti, toco lo único que puedo, tus huellas y el colchón que tus miembros habían calentado. Me tumbo y sobre el lecho, que chorreaba de las lágrimas que yo había vertido, exclamo: “¡Dos estuvimos encima de ti, haz que volvamos los dos! Vinimos aquí juntos, ¿por qué no nos vamos juntos de aquí? ¡Lecho traidor!, ¿dónde está la mayor parte de mí?”. (...)
(Carta X. Ariadna a Teseo, Heroidas, Ovidio).

Anacreóntica 45

 Cuando empino la copa
Se aduermen mis cuidados.
¿Qué me importan las penas,
Fatigas y trabajos?
Si he de morir, mal
Que me pese, ¿qué saco

Con querer descifrar
De mi vida el arcano?
El vino del hermoso
Lieo, pues, bebamos;
Que empinando la copa
Se duermen los cuidados.

(Traducción de José María Díaz-Regañón López)

A

domingo, 8 de mayo de 2016

Poema

DESALENTADA ÁGAVE

¡Oh, necio e ingenuo Penteo!
Engañado por Baco al Citerón le seguiste,
desconocedor de sus crueles designios.
¡Maldita la hora en la que lo hiciste!

Atroz represalia por nuestros pecados.
Despedazado acabaste entre las bacantes.
Dioniso vengarse ha logrado.
Si su culto no hubiésemos impedido.

¿Por qué caíste en su trampa, querido hijo?
Mis manos quedan teñidas de tu sangre.
Insufrible aflicción que en mis entrañas siento.
¡Oh, Hades, te lo imploro, devuélmelo!

(Gregorio Lazzarini, «La muerte de Penteo»)

Dioniso



A ti, de alegres vides coronado,
Baco, gran padre, domador de Oriente,
he de cantar; a ti que blandamente
tiemplas la fuerza del mayor cuidado

Ora castigues a Licurgo airado
o a Penteo en tus aras insolente,
ora te mire la festiva gente
en sus convites dulce y regalado,

O ya de tu Ariadna al alto asiento
subas ufano la inmortal corona,
ven fácil, ven humano al canto mío;

Que si no desmerezco el sacro aliento
mi voz penetrará la opuesta zona,
y el Tibre envidiará al hispalio río.


© Juan Ariguijo.

Corona Borealis

“Era de noche y una resplandeciente luna llena iluminaba el agua del mar, tenía el rostro húmedo por las salpicaduras del agua, se encontraba contemplando a la luna pensando en aquello que había dejado atrás: su madre, su hermana… libre, al fin era libre, ya no tendría que estar encerrada entre los muros de palacio, no, nunca más, viajaría alrededor del mundo como ella siempre había deseado. “Ariadna” escuchó en un leve susurro, y la persona que la llamaba se acercó y le rodeó con los brazos. “Prométeme que nunca me dejaras sola” le dijo ella, “nunca” respondió él. Y ella ingenua le creyó, el amor era lo que le cegaba, nunca había conocido aquella sensación pero aquel viajero le hacía sentir tan viva, tan libre…

Por la mañana conforme se levantó salió a cubierta para contemplar el azulado color del mar. “Teseo, ¿cuánto falta?” le preguntó a su amado. “Poco, ya queda poco” respondió con una leve sonrisa”. Tras un agotador día de viaje llegaron a la isla, “Descansaremos aquí esta noche mientras reparan el barco” dijo Teseo, así que ambos buscaron un suelo liso en el que no hubiese rocas para poder pasar la noche. Fue al abrir los ojos cuando se dio cuenta, estaba sola, pensó en que tal vez había ido a dar un paseo pero tras recorrer la isla vio que ya no estaban ni Teseo ni la embarcación; pensó en que quizás la habían olvidado pero fue entonces cuando cayó en que no volverían a por ella. Se encontraba completamente sola en una isla de la que no sabía cómo salir. Encerrada de nuevo pero en un gran masa de tierra, en lugar del palacio. ¡Ingenua! ¡Pobre Ariadna! ¿Cómo se le había ocurrido creer que podía confiar en un hombre al que apenas conocía? ¿Qué sería de ella ahora? Ante tal impotencia no pudo hacer más que romper a llorar desesperadamente. 

Mientras tanto la diosa más hermosa, Afrodita, que desde el Olimpo veía su desconsuelo y su amargo clamor, se compadeció del infortunio Ariadna y partió hacia Naxos donde enjugó lágrimas de la princesa tiernamente. “Este llanto y esta tristeza cesarán porque tendrás un esposo inmortal” le dijo con un dulce tono, pues la diosa ya sabía que Dionisio se dirigía hacia las playas de la isla, y estaba dispuesta a que él se enamorara de Ariadna.

Pronto el dios desembarcó en Naxos, y por la influencia de la gran diosa de la belleza en cuanto vio a Ariadna quedó completa y locamente enamorado de ella. Pero, lo mismo sucedió con la joven princesa, que al ver las rosadas mejillas del dios y su blanca piel quedó prendada de él. Y entre las primeras palabras que le dirigió el dios, expresó su deseo de desposarse con ella. La princesa rebosante de felicidad al ver que la promesa de la diosa Afrodita había cumplido y al ver una oportunidad para rehacer su vida y no volver a estar sola accedió. “Toma” dijo él mientras le entregaba un lujoso regalo de bodas, era una corona de oro incrustada de piedras preciosas, “una corona hermosa para una dama hermosa” dijo y seguidamente le besó en la mejilla cual joven enamorado.

Tras unos preciosos y felices años de matrimonio en los que ambos estaban perdidamente enamorados, tras haber tenido unos hijos maravillosos, sus vidas se truncarían porque la princesa Ariadna envejecía, y ambos sabían que moriría. “Dioniso, voy a morir, debes aceptarlo” decía ella aunque él no lo aceptaba. Por lo que Dioniso empeñado en mantener viva de algún modo a su amada esposa, lanzó su corona hacía el cielo y sus brillantes piedras se convirtieron en estrellas, formando así una constelación que llegó a ser conocida como Corona borealis. Y allí quedó Ariadna, fijada  para toda la eternidad en lo alto del firmamento a modo de demostración del inmenso amor de Dioniso hacia la bella princesa cretense.”

–¿Qué? ¿Os ha gustado la historia? -decía Dioniso.

–¡Sí! –respondían Enopión y Pepareto al mismo tiempo.
–La echo de menos. -dijo Estásfilo y después soltó un leve suspiro.
–Cuéntanos más historias. -dijo Toante.
–Mejor, otro día que ya es tarde y es hora de descansar. -Respondió el padre. ­­ 

sábado, 7 de mayo de 2016

Dibujo de "Ariadna en la pantera" (© Κυνόσουρα)


Ariadna en la pantera

Grandiosa Ariadna, que derramas tu llanto
por las playas, al ver huir en lejanía,
blanca en la luz solar, la vela de Teseo...
oh dulce virgen niña que una noche ha tronchado,
¡calla!... En su carro de oro orlado de uvas negras,
por los campos de Frigia, Lisios pasa.
 
(Arthur Rimbaud)

Dibujo de "Dioniso y la pantera" (© Κυνόσουρα)

Dioniso
 
 
Y Bromio el guiador grita ¡evohé!,
y el suelo mana leche, mana vino, mana de abejas
néctar como humo de incienso de Siria.
Y Baco, llevando
la llama roja de la tea
en su vara, se lanza
a la carrera y con sus coros irrita a los viajeros
y los sacude con sus gritos,
suelta al viento su cabellera ornada.
Y con sus cantos hace tronar
esto: Id, bacantes,
id, bacantes,
y con la gala del Tmolo de doradas fuentes
adulad a Dioniso,
con los panderos de grave son,
al dios del ¡evohé! festejadle con ¡evohé!,
con voces y gritos frigios,
cuando la sagrada flauta de buen sonido,
canciones sagradas
haga sonar, invitando a las posesas
al monte, al monte. Y con placer,
como un potro que pace junto a su madre,
bacante, mueve tu pierna con rápido pie en las danzas.
 
(Las Bacantes de Eurípides)

jueves, 25 de febrero de 2016


Si quieres, por fin, dejar de ser
una mansa carroña con los ojos abiertos,
roba otra vez el fuego, Prometeo, 
a esos nuevos dioses insolentes
y perdónalos porque no saben lo que hacen.


Curiosidad (II parte)

Ambos convivieron juntos durante el tiempo suficiente como para que él se enamorara perdidamente de ella. Por su parte, Pandora desconocía que era ese sentimiento que invadía su estómago cada vez que Epimeteo le dirigía una sonrisa o esa sensación agradable que se presentaba en su pecho cuando recibía una de sus caricias. Ignorante y confundida respecto a dicho tema, la doncella lo dejó pasar. Al fin y al cabo, aquello no le preocupaba por el momento: su mente estaba demasiado ocupada pensando en qué debería hacer a continuación. Ya había cumplido su objetivo; a simple vista se veía el amor que sentía el hombre hacía a ella. ‘’Y ahora, ¿qué?’’, se preguntaba constantemente, esperando una señal por parte de los dioses que no llegaba nunca. Si ya había cumplido su cometido, ¿qué debía hacer ahora?

Colmada de mimos por parte de Epimeteo, con el tiempo acabó olvidando a los dioses y empezó a dar más importancia a ese sentimiento que crecía con una pasión desmedida en su interior. Nunca se lo había comentado a su compañero, pero Pandora empezaba a suponer que él sentía lo mismo. ¿Era eso lo que llamaban amor? ¿Sería aquello lo que había provocado en Epimeteo?

La pregunta se esfumó de su mente cuando él apareció en la habitación con un aura de nerviosismo y ansiedad. Preocupada, no tardó en preguntarle el motivo de su evidente malestar.

—Debo preguntarte algo importante, y no sé cómo hacerlo —comenzó el titán, que continuó su discurso ante una confundida Pandora —. Sé que no hace tanto tiempo desde que el divino Zeus te entregó a mí como el regalo más precioso que alguien ha recibido alguna vez de los dioses. Y sin embargo se me antojan siglos los días que he pasado a tu lado. Y, por favor, no debes poner en duda mis palabras cuando aseguro que pasaría mil siglos si fueran a tu lado.

Hubo una escueta pausa en el discurso de Epimeteo, pero Pandora permaneció en silencio, incapaz de pronunciar una sola palabra ante la devastadora sinceridad de su compañero.

—Y es eso, Pandora, lo que quiero decirte... pedirte —se corrigió — ... lo que quiero pedirte hoy. Así que, dime, ¿me otorgarías el honor de pasar el resto de nuestra vida conmigo, siendo mi esposa?

La doncella, abrumada por tantas (y repentinas) emociones, alcanzó a dar una respuesta que provocó la inmensa alegría del titán. 

El evento se difundió con rapidez. No tardaron en llegar los presentes por parte de los dioses: algunos eran muy extravagantes y otros por el contrario muy sencillos, pero el que más llamó la atención de Pandora fue un ánfora que había ido a parar al dormitorio que compartía con Epimeteo. Desde el momento en el que vio aquella vasija no pudo pensar en otra cosa que en abrirla. La muchacha desconocía por qué ese sentimiento de curiosidad crecía y crecía con el paso de los días, pero juraría que había algo dentro. Incluso se había tomado la libertad de transportarla a otro lado de la habitación y había comprobado que pesaba más que un ánfora normal. Definitivamente, debía tener algo dentro.


Llegó el día en el que, hastiada por su curiosidad, se encontró a sí misma ante la vasija. Por un lado deseaba abrirla más que cualquier otra cosa en el mundo, pero por otra parte pensaba que tal vez no fuera una buena idea. Se suponía que precisamente aquella ánfora era un regalo de bodas para Epimeteo, no sería correcto que lo abriera ella. Sin embargo, tras otro instante de vacilación, alargó la mano hacia la vasija.


Y finalmente, la abrió.

Curiosidad (I parte)

Abrir los ojos. Eso fue lo primero que hizo Pandora al nacer, tras ser modelada por Hefesto. Ante ella se encontraban dos mujeres, o mejor dicho, ella estaba ante las dos diosas. Intimidaban terriblemente a la joven, desprendiendo un poder y una energía que no era comparable a nada que Pandora hubiese conocido con anterioridad. Aunque había que resaltar que apenas llevaba viva unos instantes, lo que hacía que aquel mérito no fuese tal. Pero, a pesar de todo, la presencia de Afrodita y Atenea resultaba sobrecogedora.

Con un inexistente sentido del pudor permaneció sin ropaje alguno ante ellas, sosteniendo alternativamente sus miradas, hasta que la más bella de las dos se acercó. Sus movimientos alcanzaban en desenvoltura al más elegante felino y superaban en gracia al más bello de los cisnes, hecho que impresionó a Pandora, que permaneció inmóvil en el sitio, como una bella escultura.
Afrodita le miró de arriba a abajo con una ceja enarcada, y recorrió las caderas de la joven con sendas manos, de forma suave. Un escalofrío recorrió a Pandora, desconociendo que aquella caricia por parte de la diosa le había otorgado una gracia y sensualidad que, sumados a su aspecto, la convertía en uno de los seres más bellos del cosmos.

La diosa de la belleza se retiró, y fue Atenea quién dio un paso al frente. Al contrario que la anterior deidad, ella no desprendía erotismo o concupiscencia alguna, sino que rebosaba fuerza e inteligencia. La expresión de su rostro era más enigmática que el de La Gioconda, que sería creada siglos después de aquel encuentro divino.

La diosa de las artes se acercó a Pandora y rozó su sien con las yemas de sus dedos, que se le antojaron fríos. La doncella aprendió en unos segundos el dominio de las artes relacionadas con el telar, gracias a ese leve roce. Después de aquello, las tres Gracias y las Horas (la joven desconocía cuando habían aparecido, pues se había quedado absorta con la presencia de la diosa) junto con Atenea, la adornaron con diversos atavíos. 


Pandora acarició la tela de su nueva vestimenta, sintiendo el suave tacto entre sus dedos. Se preguntaba de qué material estaría fabricada y quién lo habría tejido. Tan inmersa estaba en esa simple labor que no vio acercarse al heraldo de los dioses, a aquel joven dios patrón de los pastores y los oradores, pero también de la astucia de los ladrones y del arte de la mentira. Acercándose a ella y sin demasiados miramientos, apoyó una mano sobre el corazón de la joven y otra sobre su frente. El contacto, tal como había sucedido anteriormente con las dos deidades, apenas duró unos segundos. Sin embargo, Pandora obtuvo mentiras y seducción en su ánimo, además de un carácter inconstante. 

Después de ser dotada con estos dones (tanto positivos como negativos) fue llevada ante Zeus. El poder que emanaba de los dioses anteriores no era comparable al del dios de los cielos, que poseía un poder colosal, exorbitante e incomparable. Pandora sintió deseos de desaparecer del lugar para no ser observada por él, pero en lugar de mostrarse cohibida o retraída hizo justo lo contrario. Haciendo uso de la gracia otorgada por Afrodita, convenció a Zeus que estaba lista para la tarea que le habían designado: conquistar a Epimeteo. Así fue como Pandora fue entregada al titán. Para no desencadenar la ira de Zeus, Epimeteo la aceptó como presente.

''ANDWARD'' (© Κυνόσουρα)



(© Κυνόσουρα)

¿Se debería regular de algún modo la investigación en torno al genoma humano? ¿Por quién debe ser regulado?
El Proyecto G también conocido como Proyecto del genoma humano surgió en 1990 y en él intervinieron varias instituciones y países. Su objetivo era el de localizar, identificar y definir la totalidad de los genes de la especie humana. 
A pesar de que el conocimiento sobre el genoma humano aporta numerosos beneficios al hombre, sobre todo en relación con la lucha contra enfermedades, los riesgos son también numerosos. Los conocimientos sobre el genoma humano pueden acrecentar el poder destructivo de hombre mediante la creación de nuevas armas biológicas. La biotecnología actual puede llegar a prometer la creación de seres bellos, perfectos en su especie, felices, humanos e incluso serviciales al hombre. Además, desde el punto de vista político, algunos advierten del peligro de un posible control genético de las poblaciones. 
Por tanto, la respuesta es afirmativa. 
Quizá esto último no lo tuvieron en cuenta los investigadores en 2003. Claro, estaban tan inmersos sus costosas investigaciones con el objetivo de avanzar y ayudar a la humanidad que no cayeron en ese pequeñísimo detalle que acabó con nuestro mundo tal y como lo conocíamos: el ansia de poder".
Mi nombre es Andward, allí de dónde soy era conocido como 54. Diréis “eso no es un nombre”, bueno, es cierto, no lo es, pero era el mío. Os explicaré por qué y de dónde vengo. 
Mi planeta era Glikvur. Un planeta un tanto diferente al tuyo, árido, seco y cálido. Allí la gente vivía en paz cada uno inmerso en la cotidianidad de su vida pero todo eso cambió con el Proyecto G. Dicho Proyecto puso fin a nuestro querido sistema republicano. Debido a la avidez y al afán de poder por parte de ciertos políticos se produjo un golpe de Estado implantándose así la más dura de las tiranías. Desde aquel instante la población vivía con miedo, aquel que no obedecía era sometido y reprimido de la forma más cruenta e inhumana inimaginable. ¿Cómo lo hacían?
Veréis, allí existían unos laboratorios especializados dedicados a la investigación y a la búsqueda de una posible solución a los problemas de las enfermedades de los hombres, los Laboratorios Pro. En uno de estos se encontraba mi creador, Zenth, un incansable investigador que solo vivía para trabajar en busca de la ansiada respuesta. Mediante la eugenesia, la ingeniería genética, buscaba mejorar las especies ya existentes y crear una raza fuerte e inmune a las enfermedades y a la muerte. 
Tras años de experimentos con sujetos fallidos estuvo a punto de rendirse cuando halló la forma de dar vida a seres que aún no la poseían, cuerpos inertes que serían un hogar adecuado para las almas, la vida, de la que nos dotaría. 
Yo fui el sujeto satisfactorio, el paciente número 54.
El problema estaba en que el propósito de “los que dirigían el cotarro” según decía él, cambió con la implantación de la tiranía. Pasó de ser  ayudar a la raza humana a hacer de nosotros, los "sujetos exitosos", un arma para los poderosos gobiernos que querían ser los más fuertes de nuestro mundo. Buscaban un ejército no una cura para los males. Claro, el creador Zenth hizo todo lo posible por ocultar las fórmulas del Proyecto G ya que no apoyaba su causa por eso lo mataron. 
No pretendo contar la historia con todo lujo de detalles. Tan solo explicaré lo estrictamente necesario para transmitir mi mensaje. 
-¡Corre! 
Eso fue lo último que me dijo. Me entregó los papeles del Proyecto en una mochila vieja, lo hizo con brusquedad y me mandó huir, esconderme y destruir todos los papeles. Detrás de mí venían los guardias, me perseguían, querían los papeles. Yo no podía dejar que aquello por lo que había dado la vida mi creador cayese en malas manos así que corrí. Me seguían pero después de un rato los despisté, demasiado lentos para mí con sus organismos inalterados.  
Al fin y al cabo, ¿qué querían? Ya tenían su ejército, miles de supersoldados sumisos a cada orden que diese el general, miles de sujetos con su propio chip implantado para asegurar la no sublevación al poder establecido. 
Pasadas unas horas llegué a un poblado no muy lejano en el que me sentía perdido y desconcertado, ése no era el hogar que yo había conocido. Allí conocí a Ilora. Resultó ser hija de un comerciante de piezas de diversas máquinas como robots, coches, naves, láseres…  
-¿Cómo te llamas?
-54.
-Eso no es un nombre. Venga alguno tendrás. ¿Einer? ¿Iron? Wegard?
-No tengo nombre. Mi creador no me puso uno.
-¡Ya está! Te llamaré Andward.
Con los días, las semanas que transcurrían hicimos amistad. Le conté lo sucedido y me preguntó por qué no había destruido los papeles aún.  
-No lo sé. 
Esa fue mi respuesta. Me dijo que conocía a un hombre que se llamaba Ginnar y que quizá podría ayudarme, era un científico jubilado que se dedicaba a experimentar en el garaje de su casa. No sabía qué clase de ayuda podría darme pero cualquiera era bienvenida. 
Fuimos en su busca y de camino tuvimos varios encontronazos con guardias de los Laboratorios Pro pero conseguimos despistarlos gracias al extenso conocimiento que tenía Ilora de los más recónditos lugares del pueblo. 
Llegamos a nuestro destino. El Dr. Ginnar se interesó en el Proyecto de inmediato pero su conciencia le decía que no debía ayudarnos porque eso le acarrearía serios problemas. Finalmente accedió. 
Pasamos meses urdiendo diferentes planes que al final acabaron siendo bolas arrugadas de papel en la basura. Nuestro objetivo era destruir los chips implantados en la nuca de cada sujeto que ya no era capaz de pensar por sí mismo sino que se veía obligado a actuar conforme a las órdenes de un tirano violento que buscaba someter a las otras naciones. 
Finalmente elaboramos un plan para introducirnos en las instalaciones y destruir el archivo del Ordenador Central acabando así con el problema desde la raíz. Lo haríamos con un virus introducido con una memoria USB. Sencillo y eficaz. Solo faltaba ponerlo en práctica. 
Llegó el día. Conseguimos entrar y engañar al sistema de seguridad. O, al menos, eso pensábamos. En tan solo unos minutos nos encontramos rodeados por los por entonces lacayos y su general en la sala del Ordenador Central. Nos sujetaron e intentamos oponer resistencia pero obviamente era imposible. Eran fuertes y cumplían órdenes. Ilora intentaba persuadirlos en vano, gritaba pero no la oían, solo escuchaban a su “pastor”. 
Nos encerraron en habitaciones separadas y nos golpeaban y amenazaban para que dijésemos dónde estaban los papeles del Proyecto G. 
Ginnar acabó cantando. Nos desataron y nos volvieron a reunir. 
-Lo siento, lo siento... 
Eso era lo único que repetía una y otra vez. 
-Amenazaron con hacer daño a mi familia. 
Intentaba excusarse. 
-No puedo perder a nadie más. ¡La tienen aquí! –decía llorando. 
Ginnar ya había perdido a su mujer y a una hija por una grave enfermedad ocasionada por el Virus Z que afectaba a los órganos vitales del cuerpo. Solo le quedaba su pequeña nieta Zafira. No lo hizo con mala intención, vi la tristeza en sus ojos  el miedo que desprendía su rostro. 
-Nos iban a matar. Era lo más lógico concebible 
Nos trasladaban a un lugar adecuado done hacerlo cuando Ilora consiguió soltarse y huir.  
Centrados en ella aproveché a soltarme y correr en la dirección opuesta. A mí también me seguían. Peor yo era más rápido, mucho más. Entré en la sala de control, dejé inconsciente al guardia que estaba allí y cerré todas las puertas de acceso que conducían a la sala en la que estaba. Desde ahí podía controlarlo todo. Comprobé las cámaras y vi que Ilora estaba llegando al Ordenador Central. ¿Será que el virus todavía está en sus manos?” pensé. Supuse que sí y en cuanto entró bloqueé las puertas de acceso al Ordenador Central. 
Ilora introdujo la memoria con el virus en el puerto USB y solo faltaba esperar. Fácil decirlo pero no teníamos tiempo. En cualquier momento desbloquearían las puertas y nos atraparían a los dos. Y esta vez no tendríamos escapatoria. 
Los segundos transcurrían lentamente. Cada vez que pasaba uno estábamos un segundo más cerca de la muerte. Lo sabíamos y lo teníamos muy presente.  
29%, 37%, 52%, 64%... Se hacía eterno. Impacientes y deseosos de que marcase ya el 100% observábamos como avanzaba la barra del progreso. 77%, 81%, 83%, 86%... A medida que se acercaba el final el proceso se  ralentizaba. ¡Qué oportuno, vaya! 
Golpes se oían contra la puerta, pitiditos que advertían de que iba a abrirse enseguida…  
Venga! –gritaba Ilora al monitor desesperada. 
El sudor resbalaba por su frente. 
Se abrieron las puertas. La cogieron. También entraron en la sala de control, por tanto, también me cogieron. 
-­¡No! ¡Soltadme! ¡No sabéis lo qué hacéis!  
Gritaba con todas sus fuerzas y oponía resistencia tanta que tuvo que acercarse uno a ayudar al guardia que tiraba de ella. 
“Proceso completado”. 
Nuestra salvación. Había tardado pero lo habíamos conseguido. Inmediatamente los hombres que la sujetaban la soltaron y los que me retenían hicieron lo mismo. 
Una vez recuperada la conciencia los supersoldados que eran las piezas del tablero de ajedrez del capitán se rebelaron contra él. Otorgada la libertad decidieron que no querían ser máquinas de guerra descerebradas. Yo se la había entregado, más bien, nosotros, Ilora y yo, lo habíamos hecho.
Diréis "¿Y qué pasó con el tirano?". Pues bien, estos supersoldados libres al despertar de su 'sueño' y conocer la realidad se hicieron cargo de él restableciendo el sistema existente  cuando el pueblo vivía en paz.
Al fin toda la pesadilla había acabado. Se había puesto fin a la Era de Guerra comenzada por los tiranos que buscaban acaparar el poder y utilizarlo para su propio provecho individual sin tener en cuenta a quien pisasen para alcanzar su objetivo.